Summer

Hasta hace un tiempo habría deseado eliminar esa inevitable parte de los viajes a la que yo llamo “Momento desplazamiento”, habría estado completamente a favor del teletransporte. Pero la terrible verdad es que por mucho dolor de culo, espalda o cuello que tenga que soportar, los ronquidos ajenos, el olor a pies, las curvas suicidas, los mareos o la música a todo volumen, ahora, no lo cambiaría por nada. “El trayecto” es un destino en sí mismo. De él me llevo muchos recuerdos y experiencias inolvidables.

Uno de esos recuerdos sucedió en un bus-cama vietnamita que nos llevaba de Hoi An a Hue.

Yo me disponía a dormir y disfrutar del viaje, después de haberme reído un buen rato de Borja, el cual, no estaba hecho “a la medida” del país y estaba teniendo serias dificultades para introducirse en esa cama-asiento.

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Se había pasado meses –Seis desde que nos conocimos- riéndose de mi tamaño y ahora el destino me estaba brindando una divertida revancha.

Fuera llovía, y mucho. Acababa de amanecer y con ese paisaje, el sonido de la lluvia y la humedad del ambiente yo no podía estar más relajada. Recostada con las piernas estiradas –Porque yo sí tenía la medida estándar de la nación- y tapada con mi mantita quería quedarme allí para siempre.

Así de placentero estaba resultando el trayecto hasta que noté un cierto movimiento debajo de mi litera y me asomé a mirar. Entonces me encontré con esta escena:

Unos ojitos sesgados y una sonrisa llena de vida me saludaron sin decir palabra. No hablábamos el mismo idioma, pero nos entendimos perfectamente.

De repente  soltó una carcajada de esas que contagian. Era absolutamente encantadora. En cuanto vio que Borja sacaba la cámara, empezó a posar sin dudarlo. Ya no había manera de pararla, esto sí que había sido abrir la caja de Pandora.

Y mientras la niña seguía con sus acrobacias yo sentí cómo Borja se planteaba seriamente lo de buscar una novia asiática a la que embarazar para tener una parecida a esta.

Su mamá, ante tal alboroto se levantó para cogerla y pedirnos disculpas. Pese a las diferencias del idioma, le dejamos claro que no era ninguna molestia y entablamos conversación. “El renacuajo” se llamaba Summer – el nombre no podía estar mejor elegido- y tanto ella como su madre eran de origen Chino. Inspirada por el momento me entraron ganas de hacer uno de mis retratos viajeros. Pese a los constantes baches, curvas y la ausencia de lápiz y goma, conseguí apañármelas con un bolígrafo. Poco a poco, el dibujo fue tomando forma y Summer me miraba de reojo sonriéndome y sintiéndose importante mientras se daba cuenta de que la del dibujo se parecía un poco a ella.

Pese a mis pocas expectativas, Summer y su mamá quedaron bastante satisfechas con mis garabatos y me pidieron que les regalara el dibujo. Evidentemente, acepté. Yo no me quedé el retrato, pero gracias a Borja pude inmortalizar el momento.

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Cada vez que miro estas fotos los recuerdos, los olores y las sensaciones se apoderan de mí, teletransportándome de nuevo a ese mismo instante.

Tal vez en algún momento, cuando Summer sea más mayor, su madre – si se parece a la mía- haya guardado esa hoja de papel arrugada en algún lugar y le enseñe a su hija el retrato viajero que una desconocida hizo para ella aquella mañana en ese autobús perdido en algún punto del planeta…

¡Quién sabe!

Lucía Estella Escobar

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