Mi hermano marroquí

Sulaimane Mezzouji

 

Él se llama Sulaimane. Es alto, delgado, moreno, algo desgarbado. Sus brazos y dedos, admirablemente largos; sus rizos, oscuros y pequeños; su mirada, brillante, profunda, sincera; y su sonrisa, contagiosa como existen pocas.

Nos conocimos hace ya unos años. Era Junio del 2010, estábamos en México, en la Ruta Quetzal. Él como alumno, yo como profesor. Ya entonces apuntaba maneras. Con sus 17 años se desenvolvía como pez en el agua en los mas apasionantes debates de política, filosofía o religión. Venido desde Tetuán, rápidamente vi en él a ese tipo de persona que inspira, a ese tipo de persona que es capaz de acto a acto, palabra a palabra, cambiar el mundo. Alguien que se moja, que no te deja indiferente y que lucha por sus ideas sin pisarte, sin perder esa sonrisa de soñador y buena persona. “Suli” es sin duda una de esas personas que cuando crees que el mundo se va a “ir a la mierda” con tanto indeseable suelto, equilibra la balanza y te devuelve la esperanza en esta locura de humanidad. Así es él, un ser complejo que irradia una determinación especial para seguir caminando hacia donde los pasos nos llevan.

Nuestros últimos pasos juntos fueron en Tetuán, Marruecos, en su ciudad natal. Tenía ganas de reencontrarme con él, la verdad, y es que no hay nada como abrazar a un amigo. Me apetecía que Lucía y él se conocieran y se gustaran mutuamente. Al principio tenía cierto miedo a la explosión de dicha mezcla, ya que ambos son dos fuerzas de la naturaleza en estado puro, con estilos diferentes… ¡Pero todo salió bien! -Y en realidad ahora no se de que tenía miedo si esta chica consigue caerle bien sin proponérselo desde al individuo mas afable e indefenso hasta al cretino mas estúpido que te puedas cruzar-.

Los viajes sirven para ver, conocer y hacer muchas cosas que nunca habías ni siquiera soñado, pero hay algo, que para mi convierte un viaje en algo mágico: La experiencia humana.

“Suli” llenó un día de nuestro viaje por Marruecos y aunque la experiencia fue genial mientras nos enseñaba las calles de Tetuán, nos introducía en su colegio o nos llevaba a comer a recónditos lugares, el verdadero regalo fue estar con él aquellas horas. Una persona pura que me hizo recordar que la familia no entiende de tiempo ni distancias y que indispensablemente tiene que figurar en esta pequeña ventana como lo que es, mi querido hermano marroquí.

Por Borja Juan.

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