Como una cabra montesa

Su

La recuerdo perfectamente. Hace casi dos años que no la veo… Pero sigo siendo capaz de recordar su olor, su cara, su sonrisa, sus gestos, su forma de hablar, de moverse y de saltar de un lado a otro como si fuera una cabra montesa con aquella cesta cargada en su espalda, aquellas chanclas desaliñadas y sus manos teñidas de azul…

Esta es “Su”. Aunque no lo parezca tiene 30 años y esas arrugas prematuras son fruto de la vida que le ha tocado vivir. Ella es fuerte como un toro, astuta como un zorro, testaruda como los aragoneses y férrea como una roca. Es madre de 4 hijos, esposa en una cultura matriarcal y fruto de un largo legado de “Hmongs”, un grupo minoritario étnico que habita en las montañas de Sapa. Ella es la que camina 30 kilómetros al día entre las montañas, llueva, nieve o truene, para intentar vender sus bolsos y pulseras hechos a mano. Ella, que no sabe leer ni escribir pero es capaz de hablar mil idiomas, de orientarse sin brújulas ni mapas, de hablar con los lobos, espantar a un grupo de bueyes, beber cerveza como un vikingo y poner en su sitio a más de uno. Ella, un corazón salvaje que es imborrable… Esa es “Su” Y está es la historia de cómo la conocimos…

Recuerdo perfectamente cómo pasó todo… Sin darnos cuenta estábamos los dos sonriendo en aquel mercado lleno de telas, cachivaches extraños, suvenires, especias, lana y tintes. Los vietnamitas nos arrollaban discutiendo por ser el puesto del mercado que más barata nos dejaba la “posible compra” y abrumados con tanta información, “huimos” de allí.

Fue entonces cuando alguien tocó mi espalda… Allí estaba. Esa pequeña mujer, vestida con la ropa tradicional de la zona, mirándome fijamente desde abajo con una expresión difícil de definir. Entonces, salió de su boca algo que sonó parecido a esto –Lo intento transcribir literal-: “¿gue a yu fom?” En cuanto respondimos que éramos españoles ella soltó un “Hola, Hola, Coca-Cola”. Y así comienza esta historia.

Ella sacó de su bolsillo unos cuantos abalorios, pulseras, pequeños amuletos de elefantes y toda la artillería que se dedicaba a vender. Tras un largo e intenso proceso de asimilación, Su se dio cuenta de que no éramos “Turista consumidor” y desistió, apartó dos de sus pulseras y las colocó en nuestras muñecas añadiendo en un inglés algo indescifrable que entonces, si no íbamos a comprar “nos llevaba a su casa”. Los dos sabíamos perfectamente a que se refería. Nos estaba ofreciendo sutilmente uno de esos Trekkings por la región para visitar los poblados con minorías étnicas. Habíamos estado informándonos en el hostal y los precios nos parecían desorbitados. Esta mujer nos proponía una alternativa más auténtica y económica pero aun así optamos por ese “Mañana, mañana…” que pensábamos, no llegaría nunca.

Evidentemente fallamos. La muy tozuda se presentó a la mañana siguiente en la puerta del hostal para recordarnos que teníamos una cita. No fue difícil convencernos esta vez. Acordamos una ruta alternativa, más pura y auténtica, que se alejara lo máximo posible del camino turístico. Y juntos los tres, emprendimos el que sería un viaje inolvidable de unos 14 kilómetros a pie de ida –La vuelta ya es otra historia- por los rincones de aquellas montañas.

Su fue una guía muy aconsejable, cumplió su promesa y se encargó de llevarnos donde muchos no llegan. Siempre recordaré aquella travesía, llena de caminos pedregosos y la constante pendiente. Mientras yo tenía dificultades para llegar de una roca a otra, ella nos sacaba metros y metros de distancia mientras canturreaba saltando con esa cesta a cuestas, como si nada tuviera de complejo todo aquello.

Con ella conocimos a los perros salvajes, los poblados que no se enseñan al turista, los atajos solo para autóctonos, los conflictos vecinales, la otra cara de Sapa… La que no es bonita, la que es más cruda y difícil.

Entramos en su casa, un lugar con “cuatro pareces”, mantas en el suelo que cumplían la función de cama, sillas que eran troncos, humedad, bidones de tinte y la estampita de la virgen colgando en “el salón”. Visitamos el colegio “Hmong” del poblado –Reflexiones que dejo para otro post- y allí conocimos a sus hijos…

Al llegar al pueblo principal la invitamos a una cerveza y nos despedimos de ella.

A la mañana siguiente nos la cruzamos de nuevo en el mercado. Nos saludó brevemente y nos dedicó una sonrisa escasa. Después cada uno siguió su camino. Ella tenía que trabajar, encontrar a otros “clientes” para llevarlos a su casa, para hacer una ruta alternativa o turística, que más daba eso. Para nosotros esa caminata fue una experiencia que quedaría guardada por siempre en nuestra memoria. Para “Su”, esa mujer que cada vez que miro me hace ver la tristeza y la alegría reflejada al mismo tiempo en su rostro, fue un día más de trabajo como cualquier otro. Un hecho que da lugar a la reflexión…

Posiblemente no nos recuerde. Igualmente, yo no la olvido.

Por Lucía Estella

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