Etiopía, un viaje de emociones

El día que llegué a Etiopía supe que me cambiaría para siempre

Puede parecer una tontería que hiciera esa afirmación, en ese momento, sin haber visto de ella nada todavía. Llámalo premonición o cúmulo de emociones, pero así lo sentí. Y no me equivoqué…

Etiopía, tan pobre que dicen que eres, estuviste haciéndome regalos desde el principio hasta el final del viaje ¿Cómo un país con tan pocos recursos pudo darme tanto? Tal vez aprendemos mal desde pequeños cual es el verdadero valor de las cosas…

No sé qué fue exactamente y no sé si voy a saber explicar todo lo que este país me ha enseñado y me ha hecho sentir. Tengo miedo de escribir algo que no le haga justicia. Como cuando uno intenta decirle a alguien cuanto lo ama y encuentra que las palabras se le quedan cortas. Cierro los ojos para volver hasta allí y experimentar de nuevo todas las sensaciones, todas las imágenes, las miradas, las sonrisas, los olores y colores que allí descubrí… Y sin saber por qué, muy intensamente, siempre lo consigo, lloro. Estiro mi mano para tocarla y puedo sentirla.

Etiopía, me enamoré de tí

Huele a África. Los ojos se me llenan de lágrimas, se me seca la boca y la piel se me pone de gallina. Vuelvo a recorrer esos caminos infinitos en medio de la sabana bajo el sol abrasador, la polvareda se cuela dentro del coche aun con las ventanillas cerradas. Llevamos horas viajando, dos días sin dormir, pero pese a todo no puedo cerrar los ojos. Estamos en Etiopía, y no puedo permitirme perderme nada de lo que hay ahí afuera.

Kilómetros y kilómetros de carreteras asfaltadas (y no), rodeadas por una estepa infinita. Caminos llenos de historias, transitados por cientos de personas con otros cientos de historias más, circulan en ambas direcciones de la calzada. Niños, jóvenes y adultos cargados con kilos de paja o madera a la espalda, con bidones de agua (muy diferente a la de aquí), pequeños de unos cinco años guiando unas quince cabezas de ganado… Vayamos donde vayamos, ya sea el lugar más complicado, intransitado, árido o abrasador, siempre hay alguien caminando allí afuera. Me pregunto ¿A dónde irá? ¿Cuánto tiempo lleva caminando en esas condiciones? ¿Cómo vive? ¿Quién es su familia? No muchos días después, daría respuesta a todas estas preguntas y otras nuevas que se me formularían.

Bajo la ventanilla del coche y el aire caliente me golpea en la cara. Así es Etiopía, una y otra vez te golpea y lo hace con tanta pasión que consigue traspasarte la piel. Ya sea con una ráfaga de viento, con un apretón de manos, una imagen cotidiana, una sonrisa sincera o la más absoluta hospitalidad. En este caso, al sacar la cabeza por la ventanilla, me regalan una sonrisa y un movimiento de manos que dice “Selam (hola)”.

Nadie sabe la de rato que viajé con la ventanilla bajada en este país, saludando a cada persona que se cruzó en el camino. Lo más admirable es que todas me devolvieron el saludo. Todas. Ese simple hecho sigue emocionándome aun habiendo regresado. Un saludo honrado entre dos personas, que, con casi absoluta seguridad, no volverán a cruzarse por la vida nunca más. Dos personas que no saben nada la una de la otra, que viven en dos realidades dispares, que son de razas diferentes, que hablan lenguas distintas… Se miran a los ojos como si nada de eso existiera y se hablan en un mismo idioma.

Nunca podré olvidar a las personas que allí conocí, me han calado hondo.

Etiopía me ha regalado una de las experiencias más intensas de mi vida

Le agradezco por dejarme entrar realmente en su día a día y enseñarme su cultura desde una perspectiva real, alejada del turismo masivo y la parafernalia. Aunque también me encontré con ella en algunas ocasiones y hablaré sin duda de esto más adelante. Pero no será en este artículo.

Gracias a las personas maravillosas que pudimos encontrar en Etiopía y profesionales que confiaron en nosotros, pudimos compartir momentos que quedarán para siempre grabados en mi memoria. Pudimos conocer de manera autentica algunas tribus que siguen viviendo como antaño o llegar a lugares donde otros aún no habían llegado.

Fuimos los invitados de los Hamer, intercambiamos experiencias y bebimos su café en sus famosos recipientes de calabaza. ¡Descubrimos la verdad sobe los Mursi! Y nos llevamos en la mochila algún que otro amigo de la tribu de los Bodi. Hicimos muchas promesas que debemos cumplir. Entre ellas, la de volver muy pronto a visitarlos. Fuimos los primeros blancos que vieron algunos niños de las tribus en la sabana y también los primeros blancos que vieron dentro una discoteca en Addis Abeba. Jugamos hasta no poder más con todos los niños que nos encontramos en el camino. Lloramos a rabiar también…

Cada una de las cosas que sucedieron en Etiopía han penetrado dentro de nosotros y han dejado una huella imborrable.

Lo reconozco. Sentí mucha vergüenza en Etiopía… me dio tanto ejemplo y tantas lecciones a cada paso que di… No me refiero al típico discurso repetitivo de que el país “me hizo apreciar la suerte que tengo de haber nacido donde lo hice”. A esa cura de arrogancia que parece que tenemos en “El primer mundo” cuando se viaja a estos países. Parece que muchos viajan para que África “los ayude” a ellos, para que vuelvan a casa sintiéndose afortunados de lo que tienen. Parece que uno tiene que viajar para aprender a valorar las cosas.

El aprendizaje del que hablo es otra cosa. Hablo de las lecciones de altruismo constante con personas que no tenían y aun así se las ingeniaban para darte. De la sencillez de las personas, de la calidad humana que se encuentra uno. Del respeto, la educación de los jóvenes, la prudencia y sabiduría de los adultos…

La verdad, es qué, cuando volví de Etiopía me pasó todo lo contrario: Me sentí la más pobre del mundo.

Y es que, en el mundo donde yo vivo echo de menos la humanidad que allí experimenté en cada momento. Pero no soy capaz de poder explicar ahora mismo todas mis reflexiones, emociones y aprendizajes con un solo artículo. Cada día pienso en este país y sigo descubriendo y entendiendo cosas sobre él.  Incluso ahora de haber regresado, sé que aún me queda mucho por descubrir.

Los sentimientos son más fuertes que las palabras

Poco dudo si digo que han sido uno de los 10 días más intensos de mi vida. Cuando hablo sobre lo que allí hemos vivido no puedo evitar emocionarme. Soy consciente de que intentar escribir porque me sucede algo así es muy difícil de entender. Cuantas veces miré a Borja y teníamos los ojos vidriosos. “Cómo vamos a poder contar esto” me decía. Y tenía razón. Los sentimientos son más fuertes que todas estas palabras.

Sé que algo ha cambiado dentro de mi. Muchos dicen que pronto volverá todo a la normalidad, que se me pasará. Pero lo cierto es que me cuesta no pensar en Etiopía cada día, en cada cosa que hago. Pienso en como habrá salido el sol allí, en que estarán haciendo todas esas personas, en si podré volver a verlas, si van a estar bien, si podré volver…

Etiopía está ahora dentro de mí, camina conmigo y la extraño constantemente.  Puede que sea cierto lo que dicen de África: Que o no vuelves nunca más o te atrapa para siempre.

Y tal vez en mi caso…

Mi cuerpo está aquí, pero mi corazón se quedó allí.

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