Lucia escribiendo el diario secreto en el vuelo a Vietnam

Diario secreto de Lucía: Vietnam, capítulo 1.

Después del enorme éxito que suscitó el último post extraído del diario secreto de Lucía con más de 1.000 visitas en 48h (1.000.000 de gracias)… Hemos decidido seguir desvelando las líneas de dicho diario. Así que, contando el post anterior como capítulo 0, prólogo o lo que vosotros queráis, os presentamos el capítulo 1. ¡Disfrutadlo!

El vuelo.

El embaucador duerme plácidamente cual bebé en su cuna. Claro, que, en vez de una cuna, se trata de un asiento en clase turista. Un asiento duro en posición vertical de un vuelo intercontinental que sobrevuela a 11.000 pies la India. Nunca he estado tan lejos de casa.

Levanto discretamente la ventanilla del avión, yo siempre viajo en ventana, manías de una. Está helada. Claro, -50º en el exterior es muy poca temperatura. El horizonte es un lienzo negro indefinido. Nada más que oscuridad.  Pego mi nariz al cristal para intentar mirar lo que se esconde bajo mis pies. Descubro otras vistas.

¿Libélulas? Millones de puntitos brillantes crean formas en la tierra. Como esos mapas dibujados en los libros de geografía o en los atlas. Las lucecitas candentes dibujan cabos, golfos y hasta se intuye cuáles son las grandes ciudades.

¿Cómo es posible que haya tantas luces allí abajo? Desde las alturas la tierra parece un cuadro de Van Gogh lleno de estrellas. He perdido la noción espacial ¿Dónde está el cielo? ¿Sobre mi cabeza o bajo mis pies?

Me siento más pequeña que los ácaros de una alfombra. Definitivamente el mundo es enorme. Parece que hay tanto que ver ahí fuera… Y el salvaje quiere vérselo enterito. Ya se había encargado de recordármelo en cada una de nuestras quedadas nocturnas. Ahí sentados los dos, uno frente al otro bebiendo cerveza, hasta las tantas de la madrugada. Y “entre quiero ver el mundo por aquí” y “Quiero ver el mundo por allá”, soltaba que podríamos bañarnos desnudos en alguna cascada ¡Y claro! ¡Con promesas así! ¿Quién se negaba a no verle el culito a semejante mandril? Mi mente calenturienta había ganado la batalla a mi sentido común. Y ahora estaba jugándome la vida en esta aventura trepidante.

Vale, igual lo de jugarse la vida era una idea muy prematura a estas alturas, pero que mi espalda iba a acabar como la de Cuasimodo el jorobado no era nada descabellado. “Nada de taxi, vamos andando hasta la estación de autobuses, para comenzar este viaje de manera auténtica” había propuesto el muy canalla. Quería ponerme a prueba desde el primer momento, y yo, muy digna había dicho que sí bien convencida ¡Ja!

Maldito momento… 5 km a pie. Cargando a mi espalda todas mis bragas y unas botas de montaña que pesaban más que un saco de patatas. Y él sonriendo, hablando de todo lo que íbamos a hacer. Y yo, intentando contestar sin que pareciera que quería escaparme, y de que me estaba ahogando de tanto hablar y caminar al mismo tiempo. “Déjame llevarte la mochila un rato…” me proponía de vez en cuando haciendo como que era buena persona ¡Ni en sueños! Como cediera a la primera de cambio estaba perdida.

Una turbulencia me hace volver al presente. Sigo atrapada en este avión con destino al fin del mundo. Me agarro bien fuerte al reposabrazos y me empiezo a dar auto-refuerzo positivo. “Parece que solo ha sido una… Calma”, “Todo irá bien…”.

Un pequeño ronquido de mi acompañante me asusta. Me giro para mirarlo. Ahí está, durmiendo plácidamente como si no pasara nada. Me pregunto cómo va a ser posible que el cuello le vuelva a su estado natural después de semejante posición en el asiento. Debería agradecer que no puedan viajar las moscas en los aviones. De ser así, ya se habría tragado unas cuantas.

Por cierto, me parece que todavía no os he dicho cuál es el nombre que le pusieron al salvaje sus padres. Se llama Borja. Aunque yo prefiero llamarlo Tarzán. Con esos rizos largos y esas trazas hippies.

¡Agh! Me preguntaba cómo siendo esa la descripción de mi acompañante me enganchaba tanto. Era probable que estuviera pasando una crisis existencial de las profundas, y de ahí mi atracción por lo desconocido… Hippies, cerveza, vacunas, viajes temerarios… Me estaba convirtiendo en una rebelde sin causa. Fuera lo que fuera ya era tarde y el espíritu de una fan de Los Panchos me había poseído: Si él me decía ven, yo lo dejaba todo.

¡Otra turbulencia! ¡Malditas sean! ¡Y otra más!

El avión comienza a tambalearse con más brusquedad y entonces sucede el momento temido: la señal del cinturón de seguridad se enciende.

¡Vamos a morir todos ahí arriba! Algunos pasajeros se despiertan ligeramente, otros siguen dormidos ¿¡Pero porqué esta todo el mundo tan tranquilo!? ¿Caemos en picado y nadie va a luchar? Ah, ¿sí? ¿Con que esas tenemos? ¡Pues yo tampoco pienso hacerlo! Me agarro bien fuerte al asiento. Cierro los ojos y respiro. Ya no sé si primero se inhalaba y después se exhalaba o al contrario ¡Qué desesperación! Y el avión sigue moviéndose como si fuera el toro mecánico de las fiestas del pueblo.

¿Cuáles eran las instrucciones que nos dio la azafata en caso de emergencia? ¡No las recuerdo! ¡Mierda! ¿Por qué no le haría caso cuando indicaba, tan mona ella, las normas? ¡Y yo mientras emocionada con la carta de licores que ofrecía el avión! ¡Maldita alcohólica estás hecha! ¡Una rebelde borracha atrapada en un avión con un prácticamente desconocido perro flauta! ¡Y el maldito seguía dormido! ¡Tal vez ya estaba muerto!

Mi futuro estaba claro, iba a morir en las alturas con un extraño selvático que conocía hacía escasos meses. La cabina del avión iba a despresurizarse y empezaríamos a caer en picado. Dirección: la India. El avión se estrellaría en el Ganges y a ver quién nos encontraba en ese río ¡Con todo lo que hay allí dentro!

Mientras me voy despidiendo de mis seres queridos, me doy cuenta de que Tarzán tiene el cinturón desabrochado. Así que me veo en la obligación de intentar salvarle la vida. Intento alcanzar el cinturón de seguridad pasando mi brazo al otro extremo, justo donde está el pasillo. Empiezo a palpar para encontrarlo.

De repente, el salvaje se mueve, ¡Por favor, que cierre esa boca! ¡Se le ven las amígdalas! ¿Qué manera de dormir es esa? ¡Ya lo tengo! Cojo el cinturón con una mano y con la otra el enganche. Ahora a atarlo y apretarlo bien. No podíamos perder a una especie en peligro de extinción. Por eso lo estaba salvando, no era porque mis sentimientos empezaban a florecer, ni mucho menos. Yo era una tía dura y digna, con un corazón de acero.

Ya casi lo tengo…

“Eh… si querías manosearme solo tenías que decirlo”, dice el salvaje somnoliento. ¡Será posible! ¡Pero de qué va! Me trago mi orgullo porque se trata de una emergencia y le cuento que nos quedan nuestros últimos minutos. Una carcajada escapa de su boca al tiempo que a mí me sube una arcada cuando otra turbulencia golpea el avión. “Lucía, no va a pasar nada… mira como está todo el mundo tranquilo”, dice mientras se acomoda en el asiento. Miro a mi alrededor, pues es verdad, pero a mí no me convence. “Tengo el remedio que necesitas”, dice. ¿Ah sí listillo y cuál era? “Se llama mini-bar”, continúa. Pues tal vez no era mala idea. Si iba a morir en el Ganges mejor perder primero la consciencia allí arriba.

Al final, una copita de champagne, unos chupitos de ron… Y la canción de los Panchos sonando otra vez en mi cabeza. Madre mía, que peligro. Fuera amanece. En menos de dos horas el avión estará aterrizando en Ho Chi Minh, Vietnam. Si no se estrella primero…


¿Tú también quieres volar a Vietnam?

Pincha aquí y descubre que se puede hacer en 21 días por allí. ¡Esta fue nuestra ruta!

6 pensamientos en “Diario secreto de Lucía: Vietnam, capítulo 1.”

  1. Me ha encantado!!! La descripción de Borja es divertidisima. Espero los siguientes capítulos… gracias por compartirlo. Me he divertido un ratito

Deja un comentario